Un día un carancho aminorando el
vuelo casi en vilo posose en la punta de la cruz de la Iglesia , de allí oteaba
todo el pueblo. Acercósele una tórtola aspirando instruirse en vuelos, pidiendo le
enseñase a hacer la posta. Al punto que sus compañeras cabriolaban y triscaban
con vuelo dispar, bajo, caprichoso y desprolijo, se esparcían por no tener
nunca un rumbo fijo, una intención, sólo con gusto de pasearse juntas. Empero,
decidió no prestarles importancia y precipitarse a la vera de su consorte que
permanecía en la obsoleta antena del torreón del monasterio contiguo. Mientras
las tórtolas seguían jugueteando en derredor, se precipitaban y subían con
aquel primer impulso, arte antediluviana si las hay. De allí mismo columbró el
zarco fulgor de una bandada de lustrosos morajúes. Fascinado cayó en miente de
lo que la nacencia y la fenencia consiguen con tales reflejos, que comienzan
aureolando sus flancos, coronando su dorso, orlando sus límites, nimbando su
figura toda. Pues bien conoce que en su óbito el helio golpea farallones, dora el envés de las hojas y hasta parece que una réplica suya quiere enfrentársele. Volando
allí divisó al cofrade que en su iniciativa señala en la grey cada movimiento,
al que le seguían todos sus camaradas. A éste dirigiose con la misma invitación
de enseñarles a surcar el cielo y hacer la posta, ofreciéndose él mismo a ser
la piedra de toque que sondearía cada destreza. Éste rechazó la oferta
indicándole con ludibrio que si no se lisonjean las trayectorias de los congregantes
estos se disgregan y se pierde en tal vesania el principado. Mas, y viendo que
en vez de volar los morajués siempre estás aterrizando, de la copa al suelo y
del suelo a la copa, ante tal ultraje a la vista de todos y sin escolta encumbró
su vuelo en sesgo al sol para que el solano sin sesgar sus ojos enjugue y
renueve su alma, sabiendo que la estela de su posta nunca se perderá porque los
ejemplos son inmarcesibles.
Así, los líderes se diferencian de los adulones en que no lisonjean a sus súbditos, puesto que quien cree en lo que hace no espera ganar voluntades sino seguir al ideal que abriga. Mientras que la posta de un rapaz es señal de esperanza, y siempre que uno vuele alguien creerá en nosotros.
Así, los líderes se diferencian de los adulones en que no lisonjean a sus súbditos, puesto que quien cree en lo que hace no espera ganar voluntades sino seguir al ideal que abriga. Mientras que la posta de un rapaz es señal de esperanza, y siempre que uno vuele alguien creerá en nosotros.