Violeta recibió una
mañana un llamado para comparecer ante el mismo tribunal que dictaminó darle su trabajo. Al recibirla, quien lo presidía se dirigió a ella diciendo. “Se
preguntará, ¿por qué la hemos llamado? Bueno, sabrá usted, los tiempos están
por vencerse. Ha cumplido, además, con el trabajo satisfactoriamente, tanto
con los cuidados como con la discreción que esta asignación demandan, aun por
encima de usted misma. Nos preguntábamos, Violeta, ¿si es esto lo que usted
desea?” “La decisión que tomé es irrevocable” contestó Violeta con ímpetu. Con una
sonrisa en el rostro el Presidente la miró y le replicó, “no le pregunto lo que
decidió, le pido que hoy decida. Ha pasado tanto tiempo, tantos inviernos. Ha
logrado acallar todas las suspicacias en su contra, y no sólo eso, ha ganado
respeto. ¿Tiene hoy necesidad de seguir con esto? No mire a sus compañeros, es
a usted a quien va dirigida la pregunta. Señorita, se lo vuelvo a preguntar, ¿ratifica o rectifica?
Sabemos que estuvo repasando viejos contratos, viejos recuerdos y a quienes
usted gusta llamar amigos. No tiene que mentir, a cualquiera seducirían,
incluso por encima de toda pasión.”
Violeta dejó la sala
cabizbaja. Al bajar las gradas y cruzar la explanada del Palacio Real la
decepción ya había disipado la ofuscación que sufría en su mente, ¿a quién
engañar? Ya había claudicado. Toda ella vibra cada vez que repasa sus viejos
repertorios. Luego todo se calma y se vuelve umbroso, el vértigo sustrae su
mundo que cae en derredor. Hoy se trata de qué quiere para sí. “Puede tomarse
el tiempo que necesite, esta decisión determinará su vida, su futuro, su
anonimato. Su trabajo aun es heroico, supo cuidar de cada instrumento de Palacio
con el mismo respeto y amor con el que cuidó el suyo el día en que audicionó.”
Fueron las últimas palabras del tribunal. Violeta no dudó en pensarlo y tomarse
más tiempo del que supondrían muchos. No quería asumir su respuesta, que era,
claro, negativa.
Ve caer la lluvia
desde su ventana como si ya nada tuviera sentido. El olor a tierra mojada, los
pájaros variopintos volviendo a trinar después de la tormenta, la tarde con
truenos y la brisa húmeda de verano. Permanecía impasible allí, en la ventana
de la casa de campo de una tía donde habría de pasar los meses del estío. Había
plantado los cimientos de un alcázar que tal vez no quisiera levantar.
Tal vez, nada más corte de un golpe de hacha el árbol con todos sus frutos sin
madurar.
Mientras los
espectros atacan, febriles, por las noches con estruendo horrísono el sol
limpia la vergüenza por la mañana. Desea que algo de todo eso que la frena, que
fue motivo y tuvo la fuerza para significar volver la mirada atrás sepa reír
con ella cuando haya partido, tanto como ella les desea la mayor felicidad.
Violeta sabe que a la verdad no se adhiere por amor o romance, ni por
conveniencia sino por necesidad. Sabe que la verdad es necesaria y que es
primordial. Aun así, le falta ánimo para decidir con prudencia.
Las campanas sonaban
en el pueblo la tarde en que Violeta volvió, la verdad se anunciaría. Al fin del trayecto Violeta decidió dejar ir el pasado para poder ser ella misma,
pequeña, pero ella misma. No era Paganini, pero formaba
sonidos increíblemente dulces cada vez que se escuchaba a sí. Y todo el pueblo celebraba con
ella poder volver a escuchar esos instrumentos compuestos de maderas de años
tan duros.