domingo, 17 de febrero de 2013

El fin del trayecto

(Con el permiso de un juglar)


Violeta recibió una mañana un llamado para comparecer ante el mismo tribunal que dictaminó darle su trabajo. Al recibirla, quien lo presidía se dirigió a ella diciendo. “Se preguntará, ¿por qué la hemos llamado? Bueno, sabrá usted, los tiempos están por vencerse. Ha cumplido, además, con el trabajo satisfactoriamente, tanto con los cuidados como con la discreción que esta asignación demandan, aun por encima de usted misma. Nos preguntábamos, Violeta, ¿si es esto lo que usted desea?” “La decisión que tomé es irrevocable” contestó Violeta con ímpetu. Con una sonrisa en el rostro el Presidente la miró y le replicó, “no le pregunto lo que decidió, le pido que hoy decida. Ha pasado tanto tiempo, tantos inviernos. Ha logrado acallar todas las suspicacias en su contra, y no sólo eso, ha ganado respeto. ¿Tiene hoy necesidad de seguir con esto? No mire a sus compañeros, es a usted a quien va dirigida la pregunta. Señorita, se lo vuelvo a preguntar, ¿ratifica o rectifica? Sabemos que estuvo repasando viejos contratos, viejos recuerdos y a quienes usted gusta llamar amigos. No tiene que mentir, a cualquiera seducirían, incluso por encima de toda pasión.”

Violeta dejó la sala cabizbaja. Al bajar las gradas y cruzar la explanada del Palacio Real la decepción ya había disipado la ofuscación que sufría en su mente, ¿a quién engañar? Ya había claudicado. Toda ella vibra cada vez que repasa sus viejos repertorios. Luego todo se calma y se vuelve umbroso, el vértigo sustrae su mundo que cae en derredor. Hoy se trata de qué quiere para sí. “Puede tomarse el tiempo que necesite, esta decisión determinará su vida, su futuro, su anonimato. Su trabajo aun es heroico, supo cuidar de cada instrumento de Palacio con el mismo respeto y amor con el que cuidó el suyo el día en que audicionó.” Fueron las últimas palabras del tribunal. Violeta no dudó en pensarlo y tomarse más tiempo del que supondrían muchos. No quería asumir su respuesta, que era, claro, negativa.

Ve caer la lluvia desde su ventana como si ya nada tuviera sentido. El olor a tierra mojada, los pájaros variopintos volviendo a trinar después de la tormenta, la tarde con truenos y la brisa húmeda de verano. Permanecía impasible allí, en la ventana de la casa de campo de una tía donde habría de pasar los meses del estío. Había plantado los cimientos de un alcázar que tal vez no quisiera levantar. Tal vez, nada más corte de un golpe de hacha el árbol con todos sus frutos sin madurar.

Mientras los espectros atacan, febriles, por las noches con estruendo horrísono el sol limpia la vergüenza por la mañana. Desea que algo de todo eso que la frena, que fue motivo y tuvo la fuerza para significar volver la mirada atrás sepa reír con ella cuando haya partido, tanto como ella les desea la mayor felicidad. Violeta sabe que a la verdad no se adhiere por amor o romance, ni por conveniencia sino por necesidad. Sabe que la verdad es necesaria y que es primordial. Aun así, le falta ánimo para decidir con prudencia.

Las campanas sonaban en el pueblo la tarde en que Violeta volvió, la verdad se anunciaría. Al fin del trayecto Violeta decidió dejar ir el pasado para poder ser ella misma, pequeña, pero ella misma. No era Paganini, pero formaba sonidos increíblemente dulces cada vez que se escuchaba a sí. Y todo el pueblo celebraba con ella poder volver a escuchar esos instrumentos compuestos de maderas de años tan duros.


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