Cuentan que otrora el invierno vestía tantas flores como cualquier estación, hasta que un día se pinchó en un abrazo con el tallo de un rosal. Arrojó a todas ellas de sí mismo y les amenaza desde entonces con agostar con su gélido rocío a cuantas se atrevan a permanecer en él. Todas las variedades han convenido en asamblea conjunta emigrar a la solícita primavera y servirle a ésta con su copioso bálsamo. Todas menos una, la camelia. Pues no sabía más que ser ella misma, y la sola brisa estival detenía su brote en su pensar. Así que permaneció furtiva en él, y cuentan furtiva porque nadie percibe su florescencia hasta no consumarse esplendorosa, del primer al último capullo todos juntos y de una vez. Cuentan furtiva porque, cómplices y apocados, nadie en todo jardín nombra su beldad y callan ante el álgido despótico. Mientras un abeto disimula sus suspiros en el rugir del viento que patrulla las galerías. A las camelias les cuesta algo más florecer, ora por su peso ora por su cantidad, pero tienen más ambrosía que ninguna. Cuentan, empero, que una mañana el mismo invierno se encontró en medio del jardín un arbusto, que portaba forma varonil, rebosante en flores parado justo ahí. A la postre del tirano y a su arbitrio para hacer con ellas, las camelias, o no lo que el tiempo haría inevitablemente, mas sin haber manifestado dejo alguno de su gracia.
miércoles, 31 de agosto de 2011
martes, 9 de agosto de 2011
Sofía
Tripulación, les dejo el canto que en este Agosto de camelias nos separa de las opulentas costas.
Ávida de dejar tus andurriales
prodigaste tu destino,
felatriz de la ciencia
favorita del Estado
donde has llevado el placer de tus modas
no has dejado más que dolor.
Mojigata de tus doctrinas
esperaste aturdir con tus argucias.
¿Qué diste de vos Sofía?
no tuviste notorio litigio, ni certero esgrimor.
Aun olvidada no doblas la cerviz y te extingues, mustia,
berreando por un perdido sitial.
Ávida de dejar tus andurriales
prodigaste tu destino,
felatriz de la ciencia
favorita del Estado
donde has llevado el placer de tus modas
no has dejado más que dolor.
Mojigata de tus doctrinas
esperaste aturdir con tus argucias.
¿Qué diste de vos Sofía?
no tuviste notorio litigio, ni certero esgrimor.
Aun olvidada no doblas la cerviz y te extingues, mustia,
berreando por un perdido sitial.
viernes, 5 de agosto de 2011
A mis 25 años
Cuando sólo reina la lobreguez y el sosiego
quebrando el aire despiertáseme el alo de mi respiración.
Acabaron ya los cinco lustros de sopor
mas no hay censo ni imago que se halla presentado.
Atisbando se enseñan y sumergen cristalinos corceles, que riendo
trazan en el más perfecto de los siete movimientos el Clave bien temprano
y en su abrir descubren a un arrogante Urano
que avizora, implacable, con su incisivo tacto.
Y dos montes escarpados se ciñen en mi vientre
hontanar por el que mana dulce néctar;
y mis piernas me echan al jíbaro soto, precipitándome a un vetusto lauro
donde agazapada me ampararé en incursas lágrimas.
miércoles, 3 de agosto de 2011
Bienvenidos a bordo
Bienvenidos a bordo. Partiremos en busca de un nuevo amanecer, pero antes será necesario recuperar el derrotero perdido. No tripule este bajel quien no arrostre las borrascas. Quien al ver tropel de espectros correr bajo el viso de la luna y un oscuro manto apoderarse de la luz salga a guarecerse abandonando cubierta para aullar desde cobertizos. Insoslayable es el pavor en el pecho al alzarse el viento en mar, trayendo con él al frío y el tañido de granizo chasqueando en la proa asaeteando gélidos proyectiles; más aun si el viento llega a detentar nuestras velas y a elevarnos por los aires, y como las hojas faltas de los brazos de sus árboles ruedan extraviadas por las anchas calles de la ciudad, acabemos sin poder copear la nave por no haber bregado con el denuedo debido para arrumbar el curso.
Timado está ya el atlas que contiene todas las rutas, tomaremos la propia para salir al ancho mar y volver redil. Pero antes de zarpar saldremos a pescar relámpagos, coparemos con nuestra faena las aljabas de eléctricas saetas para perpetrar al enhiesto pétreo gigante que cuida de aquel estuario. No para diezmarlo sino para ofuscarlo, y que en su exasperación borbotee de su enconado interior la misma lava con la que se hincó con los primeros mecánicos movimiento y se erigió luego del ardid de la fortaleza que lo separaba, retirándose al fin de nuestro camino. Hasta que un halo de luz tornee las nubes y los rayos del sol acaricien nuestros rostros con la primera brisa estival, y tomemos otra vez los remos sabiéndonos ya compañeros.
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