Cuando sólo reina la lobreguez y el sosiego
quebrando el aire despiertáseme el alo de mi respiración.
Acabaron ya los cinco lustros de sopor
mas no hay censo ni imago que se halla presentado.
Atisbando se enseñan y sumergen cristalinos corceles, que riendo
trazan en el más perfecto de los siete movimientos el Clave bien temprano
y en su abrir descubren a un arrogante Urano
que avizora, implacable, con su incisivo tacto.
Y dos montes escarpados se ciñen en mi vientre
hontanar por el que mana dulce néctar;
y mis piernas me echan al jíbaro soto, precipitándome a un vetusto lauro
donde agazapada me ampararé en incursas lágrimas.
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