miércoles, 3 de agosto de 2011

Bienvenidos a bordo

   Bienvenidos a bordo. Partiremos en busca de un nuevo amanecer, pero antes será necesario recuperar el derrotero perdido. No tripule este bajel quien no arrostre las borrascas. Quien al ver tropel de espectros correr bajo el viso de la luna y un oscuro manto apoderarse de la luz salga a guarecerse abandonando cubierta para aullar desde cobertizos. Insoslayable es el pavor en el pecho al alzarse el viento en mar, trayendo con él al frío y el tañido de granizo chasqueando en la proa asaeteando gélidos proyectiles; más aun si el viento llega a detentar nuestras velas y a elevarnos por los aires, y como las hojas faltas de los brazos de sus árboles ruedan extraviadas por las anchas calles de la ciudad, acabemos sin poder copear la nave por no haber bregado con el denuedo debido para arrumbar el curso.

   Timado está ya el atlas que contiene todas las rutas, tomaremos la propia para salir al ancho mar y volver redil. Pero antes de zarpar saldremos a pescar relámpagos, coparemos con nuestra faena las aljabas de eléctricas saetas para perpetrar al enhiesto pétreo gigante que cuida de aquel estuario. No para diezmarlo sino para ofuscarlo, y que en su exasperación borbotee de su enconado interior la misma lava con la que se hincó con los primeros mecánicos movimiento y se erigió luego del ardid de la fortaleza que lo separaba, retirándose al fin de nuestro camino. Hasta que un halo de luz tornee las nubes y los rayos del sol acaricien nuestros rostros con la primera brisa estival, y tomemos otra vez los remos sabiéndonos ya compañeros.

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