miércoles, 31 de agosto de 2011

Camelias en el jardín

Cuentan que otrora el invierno vestía tantas flores como cualquier estación, hasta que un día se pinchó en un abrazo con el tallo de un rosal. Arrojó a todas ellas de sí mismo y les amenaza desde entonces con agostar con su gélido rocío a cuantas se atrevan a permanecer en él. Todas las variedades han convenido en asamblea conjunta emigrar a la solícita primavera y servirle a ésta con su copioso bálsamo. Todas menos una, la camelia. Pues no sabía más que ser ella misma, y la sola brisa estival detenía su brote en su pensar. Así que permaneció furtiva en él, y cuentan furtiva porque nadie percibe su florescencia hasta no consumarse esplendorosa, del primer al último capullo todos juntos y de una vez. Cuentan furtiva porque, cómplices y apocados, nadie en todo jardín nombra su beldad y callan ante el álgido despótico. Mientras un abeto disimula sus suspiros en el rugir del viento que patrulla las galerías. A las camelias les cuesta algo más florecer, ora por su peso ora por su cantidad, pero tienen más ambrosía que ninguna. Cuentan, empero, que una mañana el mismo invierno se encontró en medio del jardín un arbusto, que portaba forma varonil, rebosante en flores parado justo ahí. A la postre del tirano y a su arbitrio para hacer con ellas, las camelias, o no lo que el tiempo haría inevitablemente, mas sin haber manifestado dejo alguno de su gracia.

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